La música del otro lado
Homero Flores
Homero, un homónimo del que suscribe esta columna, mientras cubría una nota periodística en Italia, a la salida de Perugia, sufrió un accidente automovilístico. Momentos antes del accidente, fue bendecido por un cura que se hallaba parado en una esquina y lo vio pasar.
El reportero despertó 15 días después de un estado de coma que lo mantuvo al borde de la muerte, en su mano tenía un escapulario con una imagen del Piporro. No se explica cómo llegó a sus manos pero sí explica el milagro de su recuperación. ¡San Piporro veló por su seguridad!
Esto sucedió más o menos un año después de la muerte del actor, cantante y compositor. Parece ser que el Piporro se niega a abandonar el planeta y lo recorre haciendo milagros.
Independientemente de si se cree en milagritos o no, lo que sí hay que agradecerle al Piporro es todo el legado de música y anécdotas que dejó al pueblo de México.
Nació en Los Herreras, Nuevo León, y su vocación de cómico y cantante lo llevó a buscar fortuna en la Ciudad de México. Ahí encontró trabajo haciendo radionovelas en la XEW y poco después, Eulalio González, el Piporro para más señas, obtuvo un modesto papel en la película La muerte enamorada, que se estrenó en 1951. ¡Y de ahí pal real!
Su actuación en Espaldas mojadas, estelarizada por el gran David Silva, le valió un Ariel y le consagró como actor. Después vendrían muchas películas al lado de Pedro Infante, Luis Aguilar y Fernando Soler.
Pero su fuerte fue la música norteña y el taconazo. “Éntrele con fe al bailazo...” empezaba una de sus canciones y taconeando recorrió México y algunas de sus anexas (recuérdese la película Dos gallos en palenque en la que actuó al lado del cómico venezolano Guillermo Rodríguez Blanco).
Es un placer ver al Piporro haciéndola de vaquero vengador, de empresario tomatero o de ranchero aniquilador de monstruos.
Pero es más placentero escucharlo cantando corridos, polcas, cumbias y baladas. Verlo bailar, escuchar sus chistes.
Cualquier mexicano que se precie de serlo conoce al Piporro, incluso las generaciones más recientes le han rendido homenaje; y más que un santo que se aparece de vez en cuando y le guiña el ojo a algún borracho, es preferible verlo como un ídolo. El ranchero chido que le cantó a México desde el norte, que se fue a las pizcas y andaba de saco, que cazaba leones en el desierto de Chihuahua y que le cantó al general Francisco Villa haciendo un inolvidable dueto con Oscar Chávez. Es el ídolo que se pasea por las fronteras del norte, de Tijuana a Ciudad Juárez, de Ciudad Juárez Laredo, de Laredo a Matamoros, sin olvidar a Reynosa.
Alguna vez alguien dijo que todo extranjero que desee obtener la nacionalidad mexicana, debería conocer cinco películas del Piporro y cinco de sus canciones como requisito necesario. Vaya esta propuesta a Gobernación.
Publicado en MX Sin Fronteras 42, junio de 2007.