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Latinización de la frontera norte

Leopoldo Santos Ramírez

 

Desde hace una década, existen algunos factores que determinan los cambios que se han dado en la zona fronteriza de Sonora.

Primero, el incremento en la migración de trabajadores de toda la república hacia el norte del estado; esto, a pesar de la expectativa que el TLC había creado en el sentido de que al emigrar los capitales y las industrias a las regiones expulsoras de migrantes, la migración se vendría abajo.

El segundo factor es la decisión del gobierno estadunidense de sellar su frontera mediante el levantamiento de muros metálicos, la utilización de tecnología militar de rastreo, el aumento de guardias fronterizos y el reforzamiento de la vigilancia con el uso de la Guardia Nacional. Estas medidas claramente constituyen la adopción de procedimientos de guerra contra los migrantes de un país que es mucho más que su socio comercial.

El tercer factor es la migración de centroamericanos y, en menor medida, de sudamericanos que se combina con la corriente de migrantes mexicanos en busca de ingresar a EU.

De este tipo de migrante extranjero se conoce poco, pues la sociedad del noroeste mexicano no le ha prestado atención. En la literatura que se ha producido al respecto se les denomina transmigrantes, migrantes de tercera nacionalidad o indocumentados extranjeros.

Todos esos términos quieren decir que se trata de personas o fuerza de trabajo barata que utiliza a un segundo país para llegar a un tercero, en este caso a Estados Unidos o Canadá. Es decir, su intención es permanecer en el país de tránsito únicamente el tiempo necesario para poder arreglar su pasada. Solamente una pequeña porción de ellos, si encuentra condiciones favorables, decide quedarse o permanecer por tiempos más largos en el país de tránsito.

Este tipo de migrantes son combatidos por los dos estados, el mexicano y el estadunidense. Durante el sexenio foxista, con el pretexto de la guerra contra los terroristas, México selló prácticamente su frontera sur y la transformó en un área de riesgo extremo y muerte al dejar manos libres a las distintas policías. Éstas emprendieron una campaña de persecución, despojo, robo, asaltos y abusos sexuales contra los migrantes provenientes de Centroamérica y el sur latinoamericano.

Aunque los riesgos que deben sortear los migrantes del sur mexicano y los centroamericanos se parecen, en realidad para éstos últimos se multiplican y alcanzan el grado de extremos. Deben cruzar primero la frontera mexicana con Guatemala o Belice por los lugares más inhóspitos y riesgosos, luego deben recorrer todo el país para, finalmente, cruzar la frontera mexicoestadunidense por sus partes más desoladas y por los lugares donde la policía de EU permite que las bandas de asaltantes de migrantes actúen impunemente.

Con todas sus dificultades, a pesar de que por ahora son seres invisibles para la sociedad mexicana, los migrantes de este tipo están produciendo un efecto por demás importante de consecuencias a más largo plazo. Con su presencia, están fortaleciendo el sentido de latinidad en la sociedad estadunidense: los latinos son ya la primera minoría de Estados Unidos, y la afluencia de centro y sudamericanos se ha incrementado sustantivamente a partir de las décadas de 1970 y 1980.

Durante los últimos seis años, las medidas de seguridad impuestas por los muros y la tecnología militar de rastreo, han provocado que centroamericanos y ciudadanos de otras nacionalidades permanezcan por más tiempo en la frontera del norte mexicano o en las grandes ciudades cercanas a ella, empleándose en trabajos temporales o buscando maneras de ganar el sustento y algo más que les permita intentar el cruce.

Estos migrantes, semejante a lo que acontece con los migrantes mexicanos, vienen expulsados por la falta de empleo o por los bajos salarios en sus lugares de origen. Las condiciones estructurales de su economía resultan más precarias con respecto a las estructuras que producen el éxodo mexicano.

En el caso de Honduras, El Salvador, Nicaragua y Guatemala, se trata de países que apenas hace algunos años salieron de guerras civiles contra dictaduras y gobiernos militares que recibieron el apoyo de Estados Unidos. Después vino un proceso de paz que ha sido lento y tortuoso y, a pesar de él, las condiciones sociales de explotación y acaparamiento de la riqueza social continúan. Pero no hay duda que de prevalecer estas condiciones, el éxodo de los centroamericanos continuará engrosando el torrente migratorio de los mexicanos combinándose con ellos.

A pesar de la indiferencia de los mexicanos para con la migración centroamericana, ésta, de muchas maneras, nos trae dos mensajes que es necesario conocer y atender. El primer mensaje es que el neoliberalismo ha fallado en todos sus sentidos, y el segundo consiste en que dadas las actuales circunstancias, México requiere elaborar una política exterior que privilegie los derechos humanos de todos los migrantes sin distinción de nacionalidad, que la aplique en su propio territorio, y que esa misma política se plantee la defensa de los mexicanos que ahora son acosados al interior de Estados Unidos, a pesar de ser una fuerza laboral necesaria para el avance de su economía.

 

Publicado en MX Sin Fronteras 42, junio de 2007.